Vemos venir la tempestad

Vemos venir la tempestad

…y no nos arrodillamos

 Las noticias de la semana anunciaban que el huracán Dorian se enfilaba hacia la Florida después de devastar Las Bahamas. Aunque el mismo había bajado de intensidad, seguía creciendo en tamaño, causando alarma en millones de personas a lo largo de la costa este de los Estados Unidos.  Las imágenes hablan con elocuencia de la fuerza destructora del fenómeno natural.  Tomará años y un enorme esfuerzo para que los damnificados se sobrepongan a la catástrofe. La temporada de huracanes en el Atlántico no es una novedad, pues los ciclos se repiten cada cierto tiempo.  Sin embargo, se aprecia cómo el calentamiento global está teniendo un impacto marcado en la magnitud de los ciclones tropicales. Esto pone la lupa sobre la evolución y efectos de las depresiones tropicales, tormentas y huracanes. Pareciera que lo único que se puede hacer es rezar para que se disipen o cambien su trayectoria.

Dorian ocupó titulares y desplazó momentáneamente la atención sobre la grave situación de la Amazonia. La monumental zona se ve marcada por una galopante deforestación y por la alarmante cantidad de incendios forestales.  La selva arde, segando la vida de miles de ejemplares de las especies que la ocupan. Tal es la voracidad de los episodios, que muchos estados de Brasil y varios países se han declarado en emergencia y en alerta ambiental. Los daños en esta región, crucial para el planeta, son incalculables. Los pulmones de la tierra se extinguen. Mientras algunos atribuyen los sucesos a la sequía y a las altas temperaturas, otros denuncian que se trata de daños intencionales, provocados por el crimen organizado o para ampliar la ganadería y la frontera agrícola. Sólo en Brasil se han registrado más de 74,000 incidentes desde enero. Pero la destrucción no sólo ocurre allá.  Desde diciembre los incendios forestales han arrasado cerca de 50,000 hectáreas de bosque en Guatemala. La CONRED reporta que ha sofocado cerca de 1,400 fuegos en la actual temporada, encontrándose Petén y El Quiché entre los lugares más afectados.

Arden nuestros bosques. Arden las Amazonas. Huracanes azotan el Caribe. Los ríos se secan.  Los lagos sufren procesos acelerados de eutrofización. Prolifera la cianobacteria de nuevo en Atitlán. Surge una voz tímida que nos recuerda que Amatitlán aún existe y sigue en crisis. Se derriten los glaciales. Osos polares raquíticos dejan su entorno y deambulan en zonas urbanas en busca de alimentos, y algunos sostienen que no queda más remedio que sacrificarlos, pues representan un peligro para los seres humanos que habitan los alrededores.  Afloran las inundaciones repentinas, producto de agudas e irregulares precipitaciones.  La lista continúa. Cada nota parece presentar un suceso aislado, que no guarda relación con los demás o con nuestro comportamiento.  Muchos creen equivocadamente que sus decisiones diarias están desvinculadas de los fenómenos y de sus estragos. Otros piensan que nada pueden hacer para contribuir a evitarlos. Sin embargo, en buena medida, lo que atestiguamos no es algo casual, ni cíclico, sino reflejo de nuestros estilos de vida.  Nuestras actuaciones han tenido secuelas tremendas en el medio ambiente, habiendo causado daños irreparables.  No debemos permanecer inertes y seguir negando las consecuencias de nuestras actividades.  La problemática ambiental y de cambio climático nos atañe a todos, por lo que debe ser abordada de forma inmediata y transversal en todos los sectores del país.  Debemos dejar de ser reactivos y movernos hacia un enfoque más preventivo. Tenemos que cobrar consciencia sobre los problemas y enfrentarlos con seriedad y responsabilidad, buscando propiciar un modelo de desarrollo que asegure la sostenibilidad y el bienestar de las futuras generaciones. Vemos venir la tempestad y no nos arrodillamos. Si no reaccionamos pronto, será demasiado tarde.

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Last modified: 03/10/2019

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