Independencia Nacional

Independencia Nacional

¿198 años de Libertad?

El fin de semana pasado celebramos las fiestas patrias. Falta poco para cumplir dos siglos de haberse concretado nuestra independencia. ¿Hemos roto las ataduras y alzado vuelo? ¿Habremos ejercido la libertad para actuar, pensar y obrar por voluntad propia? Nuestra sociedad ha establecido un marco general que traza las reglas del juego y la manera en que habremos de relacionarnos los unos con los otros. Así, la Constitución Política estipula que el Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia y que su fin supremo es la realización del bien común. Aunque hay muchos aspectos a nuestro favor, la ocasión invita a reflexionar si hemos sido capaces de superar los vientos adversos, que limitan la consecución de este importante cometido. Tenemos las condiciones y atributos para salir adelante y lograr un desarrollo sostenible, que alcance a todos. Contamos con gente buena, ingeniosa y trabajadora. Poseemos un inigualable patrimonio natural y cultural. Sin embargo, pese a esta riqueza, la lista de pendientes es grande. Hemos progresado en algunos frentes, pero en varios estamos estancados o incluso hemos retrocedido. Uno de cada dos niños guatemaltecos está desnutrido. La escolaridad promedio apenas rebasa los cinco años de educación y quienes llegan a la universidad son una franca minoría, lo que amenaza en convertir el bono demográfico en un lastre. Demasiados viven en pobreza. Nuestro crecimiento es lento y la economía no termina de dar el salto para despegar. Enfrentamos una inseguridad inquietante. La corrupción y el crimen organizado han extendido sus tentáculos en demasiados sitios. Nuestros recursos naturales activan alarmas. El sistema de justicia está en entredicho. Nuestras instituciones son frágiles. Uno de cada cuatro jóvenes contempla la opción de irse del país. Nos hemos acostumbrado a presentar indicadores deplorables. Mientras otros apuestan a la educación, a la innovación y a una sociedad del conocimiento, nosotros nos atrincheramos en nuestras esquinas. Nos tapamos con la colcha de la costumbre, acalorados y sofocados por los recuerdos y las rencillas del pasado. No faltan motivos para tomar bandos y enfrascarnos en pugnas. La polarización, la desinformación y los prejuicios nos impiden llegar a consensos. ¿Cómo podemos librar estas barreras? Si lo hacemos, podremos construir una sociedad integrada, más justa, solidaria y equitativa.

Para retomar una ruta que conduzca al desarrollo sostenible debemos sopesar cuáles son las fuerzas que obstaculizan nuestro movimiento e impiden que avancemos. Lo primero es ser capaces de ubicar un destino común, que aclare hacia dónde vamos y marque el camino que acordemos seguir juntos.  Habiéndolo identificado, habremos de superar el peso de la inercia. Ensayemos nuevas vías y tomemos aviada, reconociendo que lo hecho no ha dado resultados. Sobrepongámonos a la resignación, que hace que nos conformemos con el estado actual de las cosas.  Cobremos conciencia que no es normal ni admisible seguir a la zaga. Volvamos a ver lo bueno que está sucediendo en el resto del mundo y subámonos a esas olas. Sumémonos a aquellas tendencias que nos ayuden a prosperar. Esquivemos el aislamiento, la intolerancia, el negativismo y la falta de apertura, eslabones de una cadena que nos sujeta. Soltemos la pesada ancla forjada con desconfianza, que hemos dejado que se interponga entre personas, comunidades y sectores. Claro que hay fuerzas contrarias, pero no tienen por qué impedirnos zarpar. Si las tenemos mapeadas y nos lo proponemos de corazón, podremos hallar puntos de encuentro y superar las divisiones que nos distancian. Analicemos el diagrama de vectores y propiciemos que la suma de la energía de todos logre que avancemos en la trayectoria escogida. Construyamos juntos una nación próspera, que derrame bienestar sobre todos sus hijos. Emprendamos con ilusión un camino compartido.

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Last modified: 27/09/2019

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