Por: Camila Novales, estudiante de International Marketing and Business Analytics.
En Guatemala, hablar de ciencias espaciales suele generar escepticismo. La imagen más común remite a cohetes, astronautas y agencias internacionales. Resulta difícil asociar esos conceptos con un país que todavía enfrenta limitaciones en investigación y desarrollo tecnológico. Sin embargo, mientras gran parte de la población piensa que en el país no se hace ciencia espacial, distintos grupos de investigadores llevan años construyendo proyectos que contradicen esa idea.
Por ejemplo, el CubeSat Quetzal-1, satélite desarrollado por estudiantes de Universidad del Valle de Guatemala (UVG), orbitó la Tierra en 2020. Además, arqueólogos del Centro de Investigaciones Arqueológicas y Antropológicas (CIAA) trabajaron en el rescate de conocimientos astronómicos mayas. Incluso, investigadores de los centros del Instituto de Investigaciones UVG utilizan imágenes satelitales para la sostenibilidad ambiental. Aunque estas líneas parecen distintas, todas comparten la labor de redefinir cómo se produce conocimiento científico en Guatemala.

CubeSat Quetzal-1
El inicio de una nueva historia
Cuando el satélite Quetzal-1 fue lanzado al espacio en marzo de 2020, Guatemala ingresó a la lista de países capaces de desarrollar un satélite propio. El proyecto formó parte del programa KiboCUBE impulsado por UNOOSA y JAXA. Además de su enfoque tecnológico, demostró que la investigación espacial también podía desarrollarse desde aquí. “El proyecto dio a conocer que los guatemaltecos somos capaces de diseñar, fabricar y poner en órbita un satélite hecho en Guatemala”, afirmó M.Sc. Héctor Gómez, investigador del Laboratorio Aeroespacial UVG.
El CubeSat Quetzal-1 estaba equipado con un sistema de imágenes multiespectrales capaz de capturar tipos de luz invisibles al ojo humano, con aplicaciones en monitoreo ambiental. Durante su tiempo en órbita, registró imágenes del huracán Iota mientras sobrevolaba la región. El proyecto integró disciplinas distintas tales como ingeniería, física, electrónica y programación. Eso demostró que la ciencia espacial también involucra la capacidad de formar equipos y desarrollar conocimiento local.
El programa continúa con Quetzal-2, en su tercera fase de desarrollo, con lanzamiento previsto para 2028. El nuevo satélite incorporará un componente educativo llamado EDU LoRa. La iniciativa planea que escuelas y colegios construyan estaciones receptoras y reciban comunicación desde el espacio. “Eso los hace sentir parte del proyecto. Ya no lo ven como algo muy distante, sino que ya lo ven algo más al alcance de ellos”, explica Luis Carranza, líder de la iniciativa.

Angela Quezada y Jimena Urizar, dos estudiantes que participan en el CubeSat Quetzal 2.
Mirar el cielo es hacer ciencia
En otra escala, la astronomía cultural estudia la relación entre las sociedades humanas y los fenómenos astronómicos. Los arqueólogos Dr. Tomás Barrientos y Dr. Ernesto Arredondo documentaron la tradición astronómica maya y su continuidad en comunidades contemporáneas. Su estudio “El desarrollo de la astronomía cultural en Guatemala: Reflexiones del pasado y el presente para el futuro” fue presentado en julio de 2025.
Para ellos, la investigación fue más allá de estudiar calendarios antiguos. Descubrieron que muchas comunidades indígenas continúan utilizando observaciones astronómicas para agricultura, manejo forestal y predicción de temporadas.
El Dr. Barrientos sostiene que detrás existe una larga tradición de observación sistemática. Para él, la astronomía funciona como un lenguaje universal capaz de conectar distintas formas de conocimiento y reducir divisiones históricas entre el mundo maya y el no maya. Entre los proyectos vinculados a esa área destaca la iniciativa de construir un observatorio en la región del lago de Atitlán.

Participantes del I Congreso Mesoamericano de Astronomía Cultural celebran una ceremonia maya en el Centro Cultural Ki’kotemal, Quetzaltenango.
Satélites para entender nuestras tierras
En el Centro de Estudios en Informática Aplicada (CEIA) y el Centro de Estudios Ambientales y Biodiversidad (CEAB) se utilizan herramientas espaciales para estudiar problemas ambientales dentro del país. La teledetección con sensores remotos aprovecha imágenes de satélites de acceso libre, como el Sentinel, del programa europeo Copernicus, para analizar cambios en la superficie terrestre.
Otras instituciones también utilizan recursos similares, como la misión Landsat de la NASA. Un ejemplo es el trabajo del geólogo Jaime Requena, investigador de la Asociación Guatemalteca de Geociencias Ambientales, quien ha estudiado procesos de degradación ambiental en Alta Verapaz utilizando imágenes satelitales mediante la plataforma Trends Earth. Sus investigaciones muestran cómo la expansión agrícola y ganadera ha transformado las zonas boscosas. Para Requena, el problema no es la falta de tecnología, pues existen plataformas abiertas y accesibles, sino la poca implementación institucional y la escasa formación especializada.

Diego Incer, investigador en Sistemas de Información Geográfica y Sensores Remotos, del CEIA-UVG.
La evolución de nuestra ciencia
Aunque el CubeSat Quetzal-1, la astronomía cultural y los sensores remotos parecen proyectos desconectados, todos reflejan transformaciones similares. Son programas interdisciplinarios y comienzan a desarrollar capacidades locales.
Durante décadas, gran parte de la ciencia en Guatemala dependió de modelos importados o proyectos impulsados desde el extranjero. Ahora, esas iniciativas apuntan hacia Guatemala y la región. Por eso, el futuro de la ciencia espacial guatemalteca también está escrito en las distintas maneras de mirar el cielo. Quizá está escrito en las estrellas.
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