Nuestras mamás, nuestro destino
“NAAAAHHHHH Osa, no sabés de lo que hablás”, le dije. Claro que sí, sos el mero consentido, me
replicó. Aún recuerdo esta conversación con mi novia, que luego se convertiría en mi pareja de
vida. Para ella la forma en que me trataba su futura suegra no daba lugar a dudas a que yo, el
Benjamín de los críos, fuera el preferido. Por buen tiempo debatimos al respecto. Apuntábamos
las evidencias que acuerpaban una tesis o la otra. Con el paso de los meses y cuando nos conoció
más cercanamente, su percepción varió ligeramente y pudo constatar que su posición no era del
todo certera. Sin embargo, en el proceso descubrió que mi mamá tenía una relación muy cercana
con sus cinco hijos, no sólo conmigo. En retrospectiva, reconozco que la discusión nos llevaba por
un sendero equivocado y que el asunto más relevante nunca fue cuestión de documentar las
preferencias, ni de quién tenía la razón al respecto de ello. Quiénes eran abierta o solapadamente
sus consentidos es irrelevante, cuando uno antepone lo que ella significó en nuestras vidas y para
nuestro desarrollo. Delgadita y de frágil apariencia, era una antigüeña de hueso colorado, mujer
fuerte y de gran corazón. Tenía la capacidad de lograr que cada uno de sus retoños ocupara un
espacio propio, de dar a cada quien la atención que necesitaba y de alentarnos a salir adelante.
Nunca dejó que los mil obstáculos y dificultades la quebraran. Al mal tiempo, buena cara. Ha sido
siempre una enorme fuente de energía e inspiración, especialmente en las etapas más difíciles que
nos ha tocado enfrentar. Hoy podemos asegurar que las personas en quienes nos hemos
convertido son producto, en gran medida, de su ejemplo, de su labor y de la forma en que ella nos
veía. Muchas veces me sorprendo al notar en sus hijos, sobre todo en mis hermanas, muchos de
sus rasgos y de la forma en que ella encaraba al mundo. Es un milagro a través del cual Dios
perpetúa su presencia. También es un testimonio de cómo él permite que trascendamos a través
de las generaciones que dejamos atrás.
Mayo siempre evoca recuerdos especiales. Aunque han transcurrido más de dos décadas desde
que se fue, su presencia sigue viva en nuestros pensamientos y corazones. Han pasado ya muchos
años desde ese día de junio de 1996 en que despedimos a nuestra mamá. Siempre pensamos que
ella se había ido demasiado joven, teniendo muchas cosas por realizar y múltiples proyectos
inconclusos. Sentimos que nos la habían arrebatado prematuramente. Ahora, que tengo
precisamente la edad a la que ella partió, dimensiono aún más su pérdida y lamento su ida tan
repentina. Los Ositos, quienes son ahora adultos hechos y derechos, eran apenas unos pequeñitos
de 3 y 5 años de edad. Cuánto no pudieron compartir con ella. Son incontables los eventos
especiales que hemos tenido y en que su ausencia se ha hecho sentir. El último de estos
momentos fue precisamente hace unos días, cuando nuestro hijo mayor se graduó de maestría. Sé
que la Abi hubiera disfrutado con alegría y orgullo los logros e hitos de todos sus nietos, así como
vivió intensamente los de sus hijos. Su cercanía física hubiese sido un gran soporte para todos en
los momentos duros, que no han faltado, y cuánto nos hubiera reconfortado un abrazo suyo. Y es
que existen pocos amores tan profundos e incondicionales como los que las mamás profesan a sus
hijos. No se necesita insistir en todo lo que han hecho por nosotros. Este mes va siempre
asociado a ellas, como una forma de darles el tributo que merecen. Aquellos que tienen la fortuna
de conservarlas a su lado, podrán demostrarles su cariño y agradecimiento, mientras que quienes
ya las hemos visto partir, las tendremos vivas en nuestra memoria y seguiremos sintiéndolas
cerca, cuidándonos y acompañándonos desde el Cielo.