“Creo en el amor como el único ingrediente esencial para educar en cualquier época”. Blanca Pérez de Arathoon.
Anteayer fueron presentados los resultados de nuestros jóvenes en el Programa Pisa para el Desarrollo, el cual mide competencias básicas de lectura, matemática y ciencia, lo cual será motivo de un análisis más detenido en otro artículo. El desempeño de nuestros estudiantes pone de nuevo el reflector sobre los grandes desafíos que encaramos para garantizar que todos los guatemaltecos gocen de una adecuada formación. Asimismo, son indicativos de los enormes esfuerzos que debemos hacer para asegurar la efectividad docente, de forma tal que todos los profesores tengan la preparación y actitud requeridas para brindar a sus estudiantes el apoyo y el acompañamiento que necesitan. Necesitamos más educadores que lideren los profundos cambios que la educación moderna demanda. Por ello, nuestra sociedad debe prestigiar la profesión docente. Debemos atraer a las personas más talentosas a este campo y retenerlas suficiente tiempo. Esta reflexión coincide, precisamente, con la despedida de dos educadoras ejemplares, cuya trayectoria tuvo gran impacto en nuestra sociedad. Muchos lamentamos la partida de Peggy Lynch Laing de Ovalle y Blanca Pérez Guisasola de Arathoon, distinguidas maestras, portadoras de la Orden Nacional Francisco Marroquín, quienes pusieron un sello de calidad en todo lo que hicieron. Peggy descolló como basquetbolista, como atleta y como maestra de educación física. Conocí más de cerca el caso de Doña Blanquita, quien estuvo al frente del Colegio Capouilliez por varias décadas, liderando la formación de muchas cohortes de alumnos de dicho establecimiento educativo. Ella obtuvo un profesorado especializado en problemas de aprendizaje en la Universidad del Valle de Guatemala, carrera que escogió para prepararse mejor para apoyar a los estudiantes que tenían alguna dificultad. Aquellos que le conocieron coinciden al describirla como una mujer de carácter fuerte y sumamente exigente, pero de noble corazón. Vaya combinación de atributos: visionaria, rigurosa, brillante, gentil y muy humana.
Era una mujer de palabra, auténtica y decidida. No aceptaba las medias tintas, ni toleraba que las cosas no estuvieran bien hechas. Era disciplinada y entablaba rutinas claras. ¡Vaya si infundía respeto! Ejercía ese tipo de autoridad que va más allá de la posición o cargo que se ocupa y que obedece, ante todo, a que las personas encuentran y admiran en este líder conocimientos, claridad de pensamiento y de lo que quiere lograr, temple, seguridad y ética. Su obra dio fe de que la mezcla de ser estricto, pero generoso, puede funcionar bien, si uno encuentra el justo balance. Tenía expectativas altas, era respetuosa e inspiraba a quienes le rodeaban a dar lo mejor de sí mismos. Siempre concibió la educación como una profesión que brindaba a quienes la ejercían la oportunidad inigualable de servir a la patria. Fue mentora de muchas generaciones de educadores, a quienes inculcó la convicción de que es responsabilidad del maestro establecer las condiciones para lograr un ambiente conducente al aprendizaje. Compartía lo que sabía y pedía a todos sus colaboradores que no buscaran protagonismos fatuos, que trabajaran en equipo, se empeñaran y estuvieran siempre al día para ofrecer a Guatemala, por medio de la formación de niños y jóvenes, la posibilidad de ser un mejor país. Ahora, que necesitamos muchos más profesores como Blanquita y Peggy, nos despedimos de ellas, celebrando sus vidas y reconociendo el ejemplo que nos dieron. Les agradecemos de corazón por haber dignificado la profesión, por personificar el más amplio espíritu de la vocación docente y por hacernos creer que educar es uno de los trabajos más nobles que un ser humano puede desempeñar.